En una reunión académica en la que estuve la semana pasada ocurrió algo que seguramente ocurre también en reuniones familiares, sociales, laborales y demás. Se trató espontáneamente el tema de las drogas y los jóvenes, de cómo aparentemente ha aumentado el consumo en esta población, de cómo se han constituido en un grupo definido, con lugares para reunirse y consumir, de sus estéticas, sus jergas, de percepciones, vivencias, creencias. Los consumidores se convirtieron entonces en sujetos exóticos sobre los que conversamos por mucho rato explorando posibilidades, evocando momentos, analizando conductas, actitudes y comportamientos.
Al salir de la reunión supuse que quienes no consumen son también objeto de todo tipo de comentarios, cuestionamientos, exploraciones y análisis para los que consumen, son también sujetos exóticos. En el afán de nombrar, de definir, de meter en una bolsa lo bueno y en otra lo malo –como es nuestra humana costumbre- se pasa por alto el hecho de que se trata de seres humanos, no de clasificaciones de seres humanos –como de pronto puede pensarse- o de antagonistas -en otro sentido-, cada uno se ubica simplemente en una dimensión diferente, cada uno ve la vida, la vive y la explora de manera diferente. Lo más interesante de todo, desde el punto de vista de la comunicación –que es mi mirada- es que cada “bando” al momento en que habla del otro y lo señala, él mismo se está definiendo, está reivindicando su identidad, su posición, su parcialidad; y en ese sentido el otro se presenta como exótico y es abordado desde las preguntas, la observación, es capturado en un análisis. Así que ninguno de los dos podría existir por sí mismo sino en relación a las definiciones que cada uno hace del otro, el punto es, ¿qué tan precisas son las definiciones que se tienen acerca del otro en este caso?
Me preguntaba entonces si era posible determinar cuál de los dos puntos de vista, conductas y comportamientos era el correcto. Consumir o no consumir. No creo que haya uno. Lo que creo es que el ser humano siempre está buscando algo, aunque no sea consciente de ello; creo que nos debatimos entre lo que se quiere ser y lo que se tiene que ser, dejando en el medio el “ser” como tal; creo que al sistema educativo, a la familia, a la iglesia, a los medios de comunicación, entre otros, les falta generar más reflexión en torno a lo que es el libre albedrío y a las implicaciones que tiene en relación con el desarrollo del “ser”, porque finalmente se trata de una cuestión de libertad -yo elijo- pero la libertad no es un derecho absoluto, es decir, con la excusa de una supuesta libertad no creo que deba ser permitido hacer cualquier cosa que atente contra la dignidad de la persona y mucho menos si afecta a quienes la rodean. Recuerdo alegremente un pasaje del libro “Alicia en el país de las maravillas” en el que Alicia, perdida en el bosque, se encuentra con el gato al que le pregunta: gato, ¿cuál es el camino que debo seguir? El gato le responde: ¿a dónde vas? Ella contesta: no sé. Entonces el gato le dice: escoge cualquier camino. Así es que, ¿qué es lo que yo elijo: lo que quiero o lo que necesito? ¿Cómo sé cuándo quiero algo y cuándo lo necesito? ¿Cuándo sé qué es lo que quiero y qué es lo que necesito? ¿Los que elijen consumir drogas toman esa decisión con base a lo que quieren o a lo que necesitan? lo mismo quienes elijen no consumir, ¿toman esa decisión con base a lo que quieren o a lo que no necesitan?
¿Qué tanto de lo que hacemos lo hacemos porque en verdad queremos o porque en verdad lo necesitamos? Es conveniente entonces seguir hablando de drogas.