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Hablemos de drogas para informarnos

Tal vez el error está en querer curar lo incurable

Es importante hablar de las drogas para precisamente informarnos. La información es uno de los elementos claves en la prevención, a la hora de educar para el consumo o de disminuir el riesgo o de prohibir. No necesariamente se trata de información técnica o farmacológica, de hecho cuando no hay información es cuando más se tiene que hablar de las vivencias cotidianas, de lo que se percibe, de lo que se cree, de lo que se piensa, porque conocer es el principio y el objetivo de la acción. El rol de un padre entonces, el de un amigo (a), no es prohibir o sancionar, es orientar. En mis clases he preguntado a los alumnos: de cada 10 amigos (as), ¿cuántos creen que han consumido o que consumen drogas? La respuesta es 8.
Es decir que nada hay ganado en la prohibición sino en la orientación, para lo cual la información es clave y para ésta, la conversación desprevenida. Hoy día fumar marihuana, esnifar cocaína, empeparse con éxtasis, el Popper, el ladies, es como comer chicle, por esa misma razón tocar el tema debe dejar de ser un mito, como lo es aún para una buena cantidad de personas. Mencionar la palabra droga es invocar lo malo, es una consigna del mal y ese es su valor social: es un virus con el que no se quiere tener contacto de ninguna manera y al que hay que aislarlo, al aislarlo, se le teme, se le desconoce hasta que se le convierte en un mito ¡quien cae en las drogas, está perdido!

Por supuesto que hay sustancias muy adictivas como la heroína que, al inyectarse por las venas, hace que la persona nunca más vuelva a ser la misma: un heroinómano siempre sigue buscando la sensación que experimentó la primera vez y se dice que nunca la encuentra. Pero la verdad es que no se trata sólo de lo que se consume, se trata del momento en que se hace, del por qué se hace, de las características del organismo de quien lo consume (porque los efectos en unos son diferentes que en otros), de la búsqueda que hace el sujeto a través de esta experiencia. Poco se sabe de las drogas. Los padres de familia no tienen información cualificada –no sólo técnica- sobre las drogas, no conversan con sus hijos acerca de sus vivencias y de si esas vivencias se fundamentan en búsquedas y de si esas búsquedas tienen un arraigo espiritual o si son sólo moda; quienes consumen, la mayoría de las veces no saben qué consumen; las instituciones, suponen cosas, especulan mucho; no hay canales de información apropiados para hablar del tema porque, entre otras cosas, ¿qué se debe contar de las drogas? ¿A quiénes se les debe contar? ¿Cómo debe hacerse? ¿Con qué propósito? ¿Qué resultado se espera? Se dilapidan recursos y finalmente hay desgaste de todos los actores. El negocio crece gracias a la ignorancia, mientras que el ser humano es y seguirá siendo un ser vivo movido por la curiosidad. ¿La solución es educar? Mientras un joven siente la euforia de la sustancia que consume, que lo envuelve en una sensación única digna de repetirse, se realizan campañas de prevención con charlas aburridoras, con adultos prejuiciosos, orientadas a padres e hijos distanciados. Hace falta creatividad para hablar de las drogas, tener suspicacia, pero también mucha conciencia del poder que tienen, de la susceptibilidad del ser humano y de que en la especie, cada individuo es un sujeto diferente del otro. Tal vez el error está en querer curar lo incurable, como lo afirma Johnatan Ott, porque la búsqueda de placer es un deseo en sí mismo y es algo patológico en el ser humano.