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¡Si la única herramienta que se tiene es un martillo, entonces todo comenzará a parecer como un clavo!

Es evidente que toda persona tiene creencias y valores propios, pero están enmarcados dentro de unas referencias acerca de lo normal (lo bueno) y de lo anormal (lo malo) que, en la sociedad, hacen las veces de columnas sobre las que están edificadas nuestras ideas respecto del mundo. Frente a las drogas y a quienes las consumen ya hay unas definiciones claras para todos nosotros: “las drogas son malas”, “quienes las consumen están en problemas”, “necesitan ayuda”; “las drogas son una amenaza” y “quienes entran en este mundo no pueden salir de él”, por mencionar sólo algunas. Creo que cada lector está de acuerdo conmigo en la prevalencia de estas ideas.
Este sentido común acerca de las drogas me ha llevado a mirar el fenómeno con temor, con prejuicio, a estar de acuerdo muchas veces con la manera como el gobierno las combate y con la manera como se nos enseña directamente acerca de los peligros que encierran, pero veo que lo que se ha hecho para controlarlas y para prohibirlas no ha funcionado o ha traído mínimos resultados: no hay contundencia y el problema, por lo que se percibe de lejos, no tiene solución alguna. Parece ser que si la única herramienta que se tiene es un martillo, entonces todo se comienza a ver como un clavo, por eso me he propuesto mirar este asunto de las drogas desde otros ángulos, de manera desprevenida, tratando –sin ser fácil- de entender para comprender, nunca para explicar, y aún con esta intención el nivel de complejidad no ha disminuido.

No es mi propósito dar soluciones al respecto, tal vez sí un par de ideas de vez en cuando: sin querer hacer las veces de juez o de defensor, veo por ejemplo que en nuestro sentido común frente a las drogas se promueve una falsa conciencia sobre algo que supuestamente es malo desde una posición supuestamente buena, es decir, desde una idea del bien que es representada, por un lado, en un consumidor “ingenuo e inocente”, pero también “ignorante” -quien es atrapado por las drogas- y por otro, en el perseguidor –quien es el protector-defensor-, se promueve una idea del mal, que es representada en las drogas.

Veo el asunto de las drogas como un hecho simbólico que expresa una manera en que se dan las relaciones en la sociedad. Quién creyera pero el acto de drogarse está todo lleno de mensajes, tácitos y expresos, que se envían y se reciben y que hablan de lo que es nuestra cultura. Por ejemplo, el consumidor de sustancias psicoactivas (SPA) es servil por cuanto él es producto de un sistema que lo creó como usuario, como cliente que compra mediaciones de felicidad; pero además como consumidor, tiene un poder muy especial, el de ratificar o reafirmar ese sistema. La lógica del sistema es producir para consumir: unos son perfeccionados desde la infancia hasta la adultez para ser consumidores de un mundo que se nos vende por quienes fueron perfeccionados desde la infancia hasta la adultez para ser productores de un mundo que será vendido a los que lo van a consumir. Paradójicamente en ambos lados hay un imaginario en común: el éxito, ser exitoso. Por un lado el éxito es medido en la capacidad que se tenga de consumir, y por otro, en la capacidad que se tenga de producir. En el medio está el vacío y en el vacío, el escenario perfecto para la adicción, la dependencia, el abuso de cualquier cosa que se parezca a un momento de armonía, de plenitud.

Es el momento de hacer otras lecturas acerca del fenómeno que superen lo moral y lo clínico. Es urgente dejar de pensar en soluciones y más bien en cómo estamos abordando los hechos que consideramos como problemas. Podrá sonar Socrático tal vez pero creo en este caso que las preguntas son lo que más nos puede iluminar, debido a que nos llevan directamente a problemas de investigación. ¿Qué preguntas debemos hacernos sobre este tema? Los invito a seguir hablando de drogas.