Esta es en sí la discusión sobre las drogas en términos generales. Son puntos de vista los que nos separan en cuanto a este espinoso tema, muchos de ellos faltos de información y llenos de emotividad. La verdad es que cuando se menciona la palabra “droga” es como si salieran de ella todos los demonios -y qué decir de “drogadicto”- cosa que no ocurre cuando mencionamos las palabras bazuco, marihuana, éxtasis o heroína, que parece no hicieran daño. Esta asociación tan temeraria que se tiene frente a la palabra “droga” tiene que ver con un mundo de conceptos que tenemos guardados y que hacen referencia a un tipo de comportamientos, un tipo de personas, una sinonimia frente al peligro de la desintegración, del desequilibrio social. Su fortísima carga metafórica y emocional va estrechamente ligada a una moralidad, es decir, a un concepto de lo bueno o de lo malo.
En nuestro caso, las drogas son vistas moralmente como cosas malas, razón por lo cual, todo lo que se articule a ellas es extensión del término. Por eso vemos cómo el consumidor de marihuana, por citar sólo este caso, siempre lo hace a escondidas, detrás de un árbol o en la oscuridad de la noche. Son sujetos presos no sólo de un hábito, sino de un estigma del que muchos, así la hubiesen dejado, nunca fueron capaces de librarse. Es común que cuando nos cuentan que alguien dejó de fumarla, muy en el fondo sabemos que es sólo una presunción; lo mismo con quien fue alcohólico (o que lo es pero que ya no lo consume, como se diría en los institutos de rehabilitación), ¿creemos realmente que pudo librarse de ese demonio de la “droga”?
Esto ocurre en nuestra cultura, pero hay que decir que en las cerca de 3000 culturas de las que se tiene registro en el mundo, las drogas han sido elementos mediadores de su riqueza cultural. El imaginario cultural que hay en torno a la palabra “droga” también tiene que ver con el consumidor. Mientras que en los indígenas del Perú, Bolivia y Ecuador, la Ayahuasca (yagé) es vista como una planta sagrada en la que tienen su origen muchas de sus culturas y cuyo consumo debe hacerse dentro de un ritual en ciertos momentos y bajo ciertas condiciones de ayuno y soledad, en otros lugares ya la venden en botellas de plástico y vidrio –como medias de aguardiente-, en tiendas de barrio, y es consumida deliberadamente por sujetos que buscan sólo una borrachera y ser protagonistas del show asociado. Lo mismo con la marihuana, volviendo al caso: quienes la van a consumir por primera vez –no en todos los casos claro- van tras un imaginario fabricado por sus amigos y por los medios de comunicación acerca del pull de sensaciones que se van a experimentar y en medio de la vivencia, entran en juego una serie de lenguajes relacionados, comportamientos promovidos, estéticas inducidas hasta que se convierten en personas diferentes, con un punto de vista configurado sobre la droga, haciendo una representación de un personaje que posiblemente no exista.
Es decir, yo digo que el vaso está medio lleno pero usted dice que está medio vacío. Y el mero hecho de buscar un equilibrio en un par de miradas que hay sobre el tema, es posible que me convierta o en un predicador o en un defensor, pero en todo caso en esta sociedad no se nos enseña el concepto de autorregulación ¡claro! porque esta orientación tiene ya unas implicaciones desde el punto de vista del desarrollo humano, cuyos riesgos y precios los gobiernos no están dispuestos a asumir; pero es que no hay otra salida: la única es ser usar toda la razón a la hora de experimentar, hacerlo con toda la información del caso acerca de la droga, de sus efectos, de sus implicaciones y procurar hablar mucho del tema, porque mientras más sea un tabú, mientras más sea un mito, más difícil se hace el propósito de abordar este fenómeno desde la prevención. Así es que los invito a que continuemos hablando de drogas.